9 sept. 2013

Prisionero


“[...] Y era serio, en efecto. Marius se hallaba en esa primera hora violenta y deliciosa en que comienzan las grandes pasiones. Una mirada había hecho todo esto. Cuando la mina está cargada, cuando el incendio está pronto, nada es más sencillo. Una mirada es una chispa.
Era una cosa hecha. Marius amaba a una mujer. Su destino entraba en lo desconocido.
La mirada de las mujeres se parece a ciertas maquinarias, tranquilas en apariencia, pero formidables. Pasamos a su lado todos los días tranquila e impunemente, sin sospechar nada. Pero llega un momento en que incluso olvidamos aquello que está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla, se ríe. De pronto, nos sentimos presos. Todo terminó. La rueda nos detiene, la mirada nos ha hecho caer en la trampa. Nos ha apresado, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera de nuestro pensamiento que se arrastraba sin objeto, por una distracción que hemos tenido. Y estamos perdidos. Un encadenamiento de fuerzas misteriosas se apodera de nosotros. En vano nos resistimos. No hay socorro humano posible. Vamos a caer de engranaje en engranaje, de agonía en agonía, de tortura en tortura, nosotros, nuestro espíritu, nuestra fortuna, nuestro porvenir, nuestra alma; y según nos hallemos en poder de una criatura malvada o de un noble corazón, no saldremos de esta espantosa máquina sino desfigurados por la vergüenza o transfigurados por la pasión".

Fragmento de "Los Miserables", de Victor Hugo. Tomo II, Libro Sexto, Acápite sexto.

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