4 ago. 2015

Pedaleando desde Colonia hasta Santa Ana y Artilleros (Uruguay)

A medida que se iba acercando la mitad del año, iba creciendo la necesidad de realizar un viaje en bicicleta para regalarle al alma uno de esos particulares descansos. Dejar el ambiente medieval de los Tribunales para respirar el aire de las rutas siempre es una tentación.

Esta vez, el destino elegido fue nuevamente Colonia del Sacramento, Uruguay, donde hicimos base junto con mi querida colega Carla, compañía más que grata durante los cuatro días de estadía en el país vecino. Partimos el miércoles a la tarde/noche desde Buenos Aires, llegando a Colonia del Sacramento para la hora de la cena.

Desde allí planeamos realizar dos pedaleadas. La primera hacia Santa Ana, y la segunda hacia Artilleros. Ambos pueblos se encuentran relativamente cerca entre sí, aunque los pocos kilómetros que separan al primero del segundo presentan unas cuestas realmente cansadoras.

El primer día, partimos desde Colonia hacia Santa Ana, tomando la ruta 1 -hacia el este-, que jamás abandonaríamos hasta llegar al cartel que indica que por un camino de asfalto se ingresa al balneario. El viento en contra de la ida nos dificultó bastante lo que en los planes era una pedaleada simple. La vuelta, en cambio, fue un verdadero paseo, aunque llegando a Colonia comenzó a llover levemente.

La ruta se encuentra en excelentes condiciones y cuenta con una banquina, no muy ancha pero suficientemente espaciosa para circular con tranquilidad sobre nuestra bicicleta.

El viernes, la lluvia matutina nos impidió realizar un recorrido extenso, pero aprovechamos la tarde para recorrer Colonia y a la noche nos sacamos las ganas de andar en bicicleta, y tras una abundante cena y un par de cervezas, recorrimos parte de la ciudad sobre nuestras dos ruedas, llegando hasta la Plaza de Toros.

Cualquiera que haya pedaleado durante la noche sabe que la sensación es maravillosa. En Colonia, la tranquilidad que nos otorga el escaso tránsito vehicular en horas de la madrugada, nos dejó aún más satisfechos.

El sábado fue nuestro último día de pedaleo, ya que el domingo por la mañana regresamos hacia Buenos Aires. Optamos por repetir parte del recorrido del día jueves, pero llegando esta vez hasta Artilleros. Para ello, en lugar de ingresar al balneario Santa Ana, seguimos andando por la ruta 1, atravesando tres o cuatro cuestas realmente duras, para luego ingresar al balneario Artilleros. Recorrimos el lugar, tomamos algunas fotografías, y no encontrando ningún restaurante abierto, optamos por regresar a Santa Ana, pero tomando un camino paralelo al río que se abre a poco de salir de Artilleros.

Volvimos a recurrir a la hostería Don Guillermo, el único lugar disponible para almorzar que encontramos en dicho pueblo.

Tras el almuerzo, disfrutamos del sol que iba y venía sobre la playa, para regresar luego a Colonia y pasar allí la última noche, previo a nuestro regreso hacia Buenos Aires.

Nos trasladamos por intermedio de Colonia Express, empresa que permite al pasajero llevar su bici armada y sin costo alguno. Esto le otorga un alto grado de practicidad a cualquier viaje corto en bicicleta y merece ser destacado.

En síntesis, han sido unos días muy lindos, pedaleando por el país vecino. Y como suelo decir, la idea de cada relato es lograr que una persona más se anime y decida emprender su viaje en bicicleta. Las sensaciones que a uno lo invaden en esos momentos son indescriptibles y la única forma de experimentarlas, es viviendo.

Algunas fotos de los días pedaleados, debajo.

Gracias por su tiempo.



A punto de partir desde Las Barrancas Hostel, en Colonia del Sacramento.


Antigua Panadería "La Nueva Pompeya" ubicada al costado de la Ruta 1







Pedaleada nocturna por Colonia. Plaza de Toros.


Atardecer en Colonia del Sacramento


Ruta 1. Camino hacia Santa Ana / Artilleros


Se acaban las palmeras, el viento se torna más intenso y la ruta se vuelve algo monótona. No importa, hay que seguir pedaleando.


Parada técnica.


Poco antes de llegar a Santa Ana, vuelven los árboles como compañía.






Artilleros.




Parada para almorzar.



Descanso en Santa Ana.



Regreso hacia Colonia, desde Santa Ana.

19 may. 2015

Reflexiones sobre el gas pimienta y el reflejo sin espejo

Hay argumentos que son tan débiles que con sólo razonar un poquito podemos desacreditarlos.

Uno de ellos es decir, a la ligera, que "el fútbol es el reflejo de la sociedad". Nada más incierto. Admito que lo he pensado y repetido en varias oportunidades. Pero luego lo he descartado como pensamiento, porque después del impulso, tiene que llegar el razonamiento y las neuronas tienen que laburar un poco.

Lo que pasa en las canchas de fútbol no es el reflejo de la sociedad. Ni siquiera de una mayor parte de la sociedad.

Pensar lo contrario, equivale a concluir en que si uno va al Teatro Colón y el concierto se desarrolla en paz, puede determinar que lo que pasa en el Teatro Colón es el reflejo de la sociedad. Entonces, todos caminaríamos por la calle con andar elegante y vestidos de gala.

Sin llegar tan al extremo, vayamos al ejemplo de los recitales: la gran mayoría se desarrolla en paz. Sin incidentes, si agresiones, respetando al otro, etc. ¿Son los recitales el reflejo de la sociedad? Claramente no, porque cuando vas a cruzar la calle y el auto te quiere pasar por encima, te das cuenta de que no existe una relación directa entre lo que sucede en la fila de un recital, donde un tipo te admite y el día a día.

Ningún espectáculo al que concurren unas cuantas miles de personas puede indicarnos el estado de la totalidad de la sociedad, más allá de que tenga una publicidad tal que nos haga sentir parte a todos.

Los argumentos más débiles y fáciles de refutar son los extremos. Los que por un lado defienden cualquier hecho que suceda en la cancha, a costa del "aguante", de "los colores", pensando que asistir a un estadio de fútbol implica participar de ciertos incidentes, ejerciendo o avalando conductas agresivas contra deportistas e hinchas rivales, justificando que porque un equipo desciende de categoría los asistentes cuentan con aval para destruir un estadio, o que porque el árbitro dirigió mal hace una semana o porque la dirigencia manejó mal el tema de las entradas podemos echarle un gas al deportista que tiene otra camiseta para dañarlo (aunque hay que recordarles, por si su ceguera es demasiado intensa, que también se trata de una persona, aunque tenga puesta la camiseta del rival).

En general, piensan en caliente y automáticamente se sienten atacados por todo aquél que critica su comportamiento. Esto los lleva a insultar y agredir a toda persona que se encuentre fuera de ese selecto grupo. Pero en realidad se sienten -y son- atacados porque, del otro lado, se generaliza el comportamiento de un grupo con el que sienten pertenencia. Notemos que el comentario más impulsivo e irracional que se esboza es el de negar la validez de la opinión de la persona que no estuvo en el lugar de los hechos. Aún cuando quien estuvo en el lugar de los hechos se encontraba a 70 metros de lo acontecido cree tener más fundamentos para opinar que quien se enteró de lo sucedido a través de una filmación.

Estos tipos muchas veces, alentados por el anonimato (ya no tan presente como en otras épocas) y la masividad, ejercen conductas aberrantes, miserables, bajezas de nivel inhumano, como escupir a los rivales, correr hasta un sector para desempolvar una lista interminable de insultos contra un tipo al que ni siquiera conocen y solamente ven jugar al fútbol, quedarse esperando durante media hora, con su hijo en brazos, a que salga un deportista rival, para arrojarle una botella de agua desde unos cuántos metros y ver si le puede pegar en la cabeza. Y si sangra, mejor.

Después están los que optan por ser facilistas pero a la inversa: directamente piensan que a la cancha concurre exclusivamente gente con malas intenciones. Es el que cree que los 50 o 60 mil tipos que se encontraban el jueves en la Bombonera hubieran arrojado el gas a los jugadores. Para esta gente, el hecho de ingresar en una cancha de fútbol te convierte automáticamente en un delincuente, así seas el jefe de la barrabrava o un tipo que va a ver cómo once tipos juegan contra otros once y se queda tranquilito en un rincón.
Suelen afirmar categóricamente que la gente conflictiva proviene de estratos sociales relegados o marginales y que todos se encuentran en un mismo estadio con fines delictivos. Algunos, hasta con ingenuidad, tildan a los barrabravas de marginales. A esos mismos tipos que llegan a la cancha en 4x4 y manejan millones y millones de pesos.
También apuntan con su dedo índice a las clases bajas, mientras señalan a un pibe que junto con otros diez tarados más -porque sólos son cobardes- le roba la camiseta o una bandera a un desprevenido que pasó por donde estaban ellos, sin saber que ese muchacho que se hace el vivo para quedar como un héroe frente a ese grupo al que pertenece es bancado por sus padres millonarios y vive en la zona norte de la Provincia de Buenos Aires. Sus mismos padres lo cagarían a patadas en el culo si supieran lo que hizo.

Entre estos dos extremos, se encuentra la gente coherente y que hace un esfuerzo por pensar. Que toma el fútbol como un deporte y no como una guerra. Que no da la vida por un equipo de fútbol. Es muy común escuchar que es positivo "dar la vida por los colores". Me pregunto dos cosas. En primer lugar, quién puede ser tan estúpido como para dar la vida por "los colores". Como seguramente seré atacado por este primer interrogante por aquellos que levantarán la mano diciendo "¡yo doy la vida por los colores!", incluyo uno adicional: ¿quién realmente está dispuesto a "dar la vida por los colores" y quién lo utiliza a modo de eufemismo? Porque ahí radica el problema. Cuando nos empezamos a tomar demasiado en serio un partido de fútbol, pasamos a odiar al otro por su condición de hincha del equipo rival (enseñanzas de Alejandro Dolina). Ya no sentimos la rivalidad durante los noventa minutos que dura el encuentro futbolístico sino que ese odio se traslada a la vida diaria, y crece sin parar. Es más, el partido pasa a un segundo plano y prevalece el odio por sobre la competencia deportiva.

Cuando una persona canta que hay que matar al hincha rival -más allá de que hasta el mero cántico pueda resultar criticable-, guiado por otros 50 mil tipos que cantan lo mismo y lo arengan, pero sale de la cancha y se come un asado con su amigo que es hincha del eterno rival, no pasa nada. Eso es rivalidad, no odio. Es entender el juego. La rivalidad termina con el partido.

En cambio, cuando el que sale de la cancha, conserva e incrementa su odio a cada paso, no solamente refleja que su vida es una porquería y que se trata de una persona miserable (en todas las acepciones que Victor Hugo podría asignarle al término), sino que se convierte en un estúpido, y lo que es peor, en un tipo peligroso que está convencido de que realmente está legitimado para matar a otro porque tiene puesta la camiseta de River o de Boca.

Es el que suele gritar a los cuatro vientos que "nadie entiende lo que a él le pasa". Luego se suman otros para decirle que sí lo entienden porque están tan enfermos como él. La respuesta es que afortunadamente no entendemos lo que le pasa. ¡Gracias a que pensamos no entendemos lo que le pasa! Y agrego algo más: ¡ojalá nunca, demasiadas personas, entiendan lo que le pasa! Porque si "eso que le pasa" es ir a alentar a su equipo a la cancha, no hay problema. Pero si "eso que le pasa" implica la justificación de agredir a otra persona por ser de otro equipo, agradecidos nosotros de no entender ni avalar su estupidez.

Para concluir, ¿cuál es el problema? El problema son los que no pertenecen a estos extremos pero se comportan como si pertenecieran, y avalan tanto a unos como a los otros. Porque ese apoyo les otorga una entidad que no deberían revestir. Y esa entidad que generan, muchas veces los lleva a creer que realmente tienen razón, y que sus argumentos débiles y enfermos son los que deben primar en nuestro día a día.

El fútbol no es el reflejo de la sociedad, pero es nuestro deber impedir que el comportamiento de los extremistas se transforme en el habitual de nuestra sociedad.

6 abr. 2015

Desde Colonia del Sacramento hasta Carmelo en bicicleta

Se acercaban cuatro días feriados y enseguida se me ocurrió la idea de realizar un recorrido que desde hace tiempo tenía en mente: los casi 80 km que separan a las ciudades vecinas de Colonia del Sacramento y Carmelo.
Recuerdo que al volver de Montevideo, en mi anterior visita a nuestro país vecino (http://respiraelaire.blogspot.com.ar/2014/04/montevideo-en-bicicleta-y-una-cita-con.html), unos chicos me comentaron que habían pedaleado dicho trayecto, desde Carmelo hasta Colonia, parando en el pueblo de Conchillas por una noche, en carpa.

Decidí organizar un plan similar, pero un poco más ambicioso: mi idea fue la de trasladarme desde Buenos Aires hacia Colonia el día jueves, para llegar a Carmelo el día viernes, regresando a Colonia el sábado, y a Buenos Aires el domingo. En total, 160 km de pedaleo. En principio, el plan era viajar en solitario, no por gusto o preferencia sino porque mis habituales compañeros de viajes en bicicleta no podían acompañarme esta vez.

Se me ocurrió publicar el plan de cruzar el charco en el grupo BiRuedas (https://www.facebook.com/groups/210728732456948/?fref=ts) y lo cierto es que la decisión fue muy fructífera, ya que se sumaron seis personas excelentes que hicieron de este viaje algo mucho más divertido y nutritivo. Además, tuve el placer de que también me acompañaran Jess y Yami, que pese a no viajar en bicicleta coincidieron en tiempo y lugar con el resto, pasando a ser parte del grupo.

El viaje se organizó de manera colectiva mediante un "evento" de Facebook y prácticamente todos los asistentes nos conocimos personalmente al momento de embarcar con destino a Uruguay. Esto puede significar un éxito o un fracaso total. En este caso, fue más que un éxito, ya que durante los cuatro días de estadía en Uruguay reinaron el buen humor, la energía positiva, el espíritu colaborativo y la buena predisposición por parte de todos.

Partimos desde Buenos Aires hacia Colonia el jueves 2 de abril a las 18:45 horas, por medio de Coloniaexpress, una alternativa económica a Buquebus que presta un servicio muy respetable. Antes de embarcar y luego de haber realizado el "check-in", sacamos todos los equipajes de nuestras bicicletas para que el personal de la empresa las cargara -completamente armadas y sin siquiera quitar la rueda delantera- en la embarcación.

Luego de una hora y media de viaje, arribamos en Colonia y pedaleamos hasta Las Barrancas Hostel, un lugar moderno y encantador, que presta excelentes servicios, tiene una muy linda terraza con vista a la costa y una agradable sala de estar, con barra, equipo de música y televisión. El costo es razonable, más aún teniendo en cuenta que luego pagaríamos un poco más en Carmelo por un hostel de una calidad notablemente inferior a éste.

El día viernes partimos con destino hacia Carmelo, por la ruta 21. Nos separaban unos 80 km aproximadamente (http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=5658857). A juzgar por el trazado del mapa de Wikiloc, las cuestas a enfrentar no serían tan duras. El recorrido se planeó como paseo y terminó siendo un desafío para todos nosotros, debido a que el intenso viento en contra nos dificultó el pedaleo durante absolutamente toda la jornada.

Pedalear con viento en contra es lo más duro que a un ciclista le puede pasar. Ni la lluvia, el frío o el calor le llegan a los talones al viento en contra. Más aún si se trata de una zona costera, donde las ráfagas terminan por detenernos, a veces, hasta por completo.

De derecha a izquierda: Andrea, Patricia, Juan, Andrea, Pablo, Gabriel y yo.

Como antes adelanté, se trata de un trayecto que no debe subestimarse, ya que las interminables cuestas hacen que la dificultad del recorrido se eleve considerablemente, sobre todo si llevamos todo nuestro equipaje sobre nuestra bicicleta.

Sería tan difícil como inútil intentar describir las sensaciones que se adueñaron de nosotros durante el pedaleo hacia Carmelo, pero lo más destacable es que siempre estuvieron presentes, en todos los miembros, las ganas de llegar a destino. Y así fue que llegamos a Carmelo para presenciar la caída del sol, tras mucho esfuerzo, incontables paradas a causa del viento en contra que nos castigó durante todo el día y con un calor importante que nos obligó a tomar litros y litros de líquido.



Una de las infinitas cuestas que tiene el trayecto.



Bodega.


Estación de servicio en la que paramos a almorzar tanto a la ida como al regreso. Ubicada en la entrada de Conchillas, prácticamente a mitad de camino entre Colonia y Carmelo.



Foto grupal en uno de los descansos. El buen humor siempre estuvo presente pese a que el camino se mostró desafiante.



Una compañera que nos recibió en Carmelo.


Llegamos y nos fuimos rápido al río para ver la caída del sol.



 

 

Platos cargados para reponer energías. 
El sueño nos ganaría a todos poco después de terminar de cenar.

El objetivo estaba cumplido: llegamos a Carmelo después de un extenuante día de pedaleo. Ahora, había que volver a Colonia.

Luego de haber pasado la noche en Carmelo, emprendimos le regreso hacia Colonia el sábado, saliendo aproximadamente a las 9:30 horas.

En principio, el viento era tan fuerte como el día anterior, y para colmo ¡otra vez en contra! Los primeros 15 km fueron durísimos. Esperábamos un día tan arduo como el anterior. Afortunadamente, el viento cesó luego de haber atravesado ese tramo y las bajadas comenzaron a ayudarnos para trepar algunas cuestas de este tobogán de asfalto constante que une ambas ciudades.

Las nubes cubrían el sol y no teníamos tanto calor. El viento prácticamente no soplaba. En consecuencia, el pedaleo se tornaba más amigable que el día anterior. Volvimos a parar en la estación de servicio que se encuentra en la entrada de Conchillas y emprendimos el segundo tramo, donde reaparecería nuestro gran enemigo: el viento en contra.


Existen varias escuelas rurales entre Colonia y Carmelo.


Otra amiga que nos recibió en Conchillas. 



Así nomás.




Un cartel algo gracioso. ¿Adónde vamos si crece el río?


Momento duro. El sol del mediodía.


Allá van: Andrea, Juan y Gabriel.



Los últimos 25 km atravesados para llegar a Colonia fueron un padecimiento. El viento en contra volvió a surgir y con más fuerza que el día anterior. También hizo lo suyo el sol una vez que se corrieron las nubes, aunque luego se nubló nuevamente y parecía que se venía la tormenta. Pero la meta era llegar y nuestras mentes se fijaron ese objetivo más que nunca, venciendo al cansancio del día, y también al acumulado del día anterior. Estábamos tan compenetrados en llegar que apenas bajamos el ritmo de pedaleo pese a los fuertes vientos que nos golpeaban.

Llegando a la ciudad, cruzamos a Gilberto Trotamundos, quien se encuentra dando su tercera vuelta al mundo en bicicleta, por 142 países. Se dirigía hacia Carmelo, con una cantidad de carga y equipaje sorprendente.

Una vez de vuelta en Colonia, regresamos al hostel y paseamos por la ciudad, para luego devorar los exquisitos fideos que prepararon Andrea y Patricia.

Nos quedamos despiertos hasta que nuestros cuerpos dijeron basta, teniendo en cuenta que, al día siguiente, deberíamos partir desde Colonia hacia Buenos Aires a las 10 horas.



Calle de los suspiros.






Plaza de Toros.




Plaza de toros desde adentro.

Para finalizar, fue un viaje excelente, de esos que se recuerdan más por aquellos que formaron parte que por los senderos recorridos. Los ánimos son fundamentales a la hora de andar en bicicleta y eso se notó sobradamente en este precioso recorrido. Nadie puede refutar la idea de que la buena onda del grupo ayuda considerablemente.

Y uno vuelve a confirmar, una y otra vez, que andar en bicicleta es realmente un placer supremo. La sensación de libertad e intimidad con el paisaje que se hace presente en cada viaje, genera una satisfacción inagotable, que crece aún más cuando el trayecto se dificulta. Ese doble rol, en el que uno forma parte de un grupo pero a la vez se encuentra solo con su bicicleta y su cuerpo, hace de esta actividad algo único. Es cuestión de terminar un viaje para ya estar pensando en planear otro.

Por muchos viajes más en bicicleta, recordando cada metro pedaleado.